Los ojos del búho (primera parte)














Recuerdo como cada noche el búho me observaba a través de mi ventana, parado sobre una de las ramas más altas.
Gracias a que su elegante plumaje se camuflaba a la perfección con el árbol, lo único que me indicaba sobre su presencia eran sus verdes y relucientes ojos. Estos eran preciosos como las esmeraldas, pero su rojizo reflejo invocaba en mí un sumo terror.
Cada vez que me acostaba en mi cama, miraba hacia fuera, hacia su rama favorita. Al cabo de un rato, el ave se hacía presente y sujetaba sus garras a ella.
Y mientras que mis parpados se hacían cada vez más pesados, le preguntaba:
–¿Cuándo me llevarás con aquella familia?
–Espera un poco más, aún falta para tu turno –me respondía.
Esto se repitió hasta que llegué a perder la cuenta de cuantas noches habían pasado. Siempre, antes de ir a dormir, lo esperaba y deseaba que pronto fuese yo el elegido.
Aguardé y aguardé, hasta que, como el búho había prometido, aquel día llegó. Al caer en el mundo de los sueños, me vi absorbido por el rojizo reflejo en los ojos del búho.
Al instante siguiente, me vi surcando el cielo. A montones de metros bajo de mi veía grandes campos, todos llenos de cultivos, y algunas casas de madera con techos de tejas. Las nubes estaban más cerca de mí de lo que jamás habría imaginado y el sentimiento de libertad que me llenaba era indescriptible.
No tardé en sobrevolar una gran ciudad. Mientras que observaba a través de aquellos ojos que durante noches había apreciado, sabía que cada vez estaba más cerca de mi destino.


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